
En San Agustín, enclavado en el Macizo Colombiano, donde la
Cordillera de los Andes se divide en dos ramales y nacen los ríos
Cauca y Magdalena, imponentes estatuas de piedra volcánica recuerdan
el auge de una cultura desaparecida unos ocho siglos antes de la llegada
del español.
Desde hace más de 2.000 años, agricultores sedentarios se esparcieron en un área de 500 kilómetros cuadrados. Terrazas y canales de su vida agrícola alternan con los montículos artificiales que cubren sus tumbas monumentales, custodiadas por estatuas. Los altos personajes eran enterrados con ofrendas de cerámica y de oro, en medio de un rico mundo mítico habitado por seres con bocas de jaguar y expresión agresiva, guardianes con armas y cabezas-trofeo, aves rapaces, serpientes y otros animales. La figura del hombre-jaguar se asocia al chamán, líder religioso que tiene la facultad de transformarse en felino para mantener el equilibrio entre las fuerzas contradictorias del cosmos.
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